Deportes

El desgano de vivir

Nuevos Vecinos, Madrid, España
Ciudad Cabrera

Un hombre de cincuenta y pico de años llama al mediodía a la emisora La W. Habla desde su cama, es un día laboral. No siente ganas de incorporarse, nada le da ánimo, su único alivio es escuchar la radio. Hace un mes botó su empleo, acudió a sicólogos y siquiatras. Toma las pastillas que le recetaron pero ninguna sirve. No está enfermo del cuerpo sino del alma.

Un siquiatra le aconseja al aire ir de inmediato a urgencias de la clínica más cercana. Por teléfono no puede diagnosticarlo. La periodista cierra diciéndole que “por el directo” tomarán el número de algún familiar que le ayude a cumplir el traslado al centro médico. A manera de consuelo, en la estación repiten la declaración en que un exitoso cantante urbano cuenta su dolencia: ansiedad.

Catalina Ruiz-Navarro comienza así su columna de ayer en el impreso de El Espectador : “Las mujeres latinoamericanas habitamos las calles con miedo. Es un miedo que nos tiene exhaustas”. Luego insiste: “Todas tenemos nuestra lista personal de alertas y amenazas y la revisamos a diario casi que inconscientemente”.

El desgano de vivir aumenta las cifras del suicidio. La irritación con la situación del país y el mundo se parece al vapor creciente dentro de una olla a presión. El regreso de la guerra se contabiliza no solo en muertos. La agresividad que se inhala en el aire tiene a los ciudadanos más allá del borde de la sensatez.

Es distinta la manera como se experimenta esta tragedia en las zonas rurales y en las ciudades. Los 70 años de la reciente guerra colombiana han triturado los cuerpos de los campesinos, no solo porque sus hijos ponen los soldados de todos los bandos. También porque de tanto buscar desaparecidos y llorar difuntos, una capa de resistencia les ha crecido en la piel.

En cambio en las ciudades, con excepción de los tiempos de explosivos, las bajas se cuentan en almas. Almas despedazadas como la del oyente que no tiene causa para levantarse, como la del cantante ansioso, como las de las mujeres en apuros perpetuos. En los tiempos que corren, el desasosiego amenaza la salud mental nacional.

Cada poblador urbano guarda la historia de un pariente, un amigo, un compañero de trabajo, que está a punto de tirar la toalla. No se conocen estadísticas de asistencia a los consultorios de los doctores de la psiquis. Sin embargo, basta con asomarse a la ventana interior de la gente para experimentar el temblor de quién será la siguiente víctima.   

El reflejo condicionado social indica que este dolor espiritual, esta sequedad íntima, son una enfermedad, un asunto de doctores de bata blanca. Solo que los medicamentos para el cerebro, donde se supone alterada la bioquímica central, no funcionan. ¿Qué queda entonces? ¿Cuáles son los primeros auxilios para los indispuestos del ánimo? ¿Cómo recuperar el sentido de seguir viviendo?

Lo trágico es que este país, que siempre figura en primeros lugares de encuestas sobre felicidad, está siendo socavado a profundidad. ¿Habrá algún delito de mayor diablura?

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